La situación que vivimos en México y el mundo es de emergencia, ni el confinamiento ni la aplicación de pruebas para detectar el virus ni la reducción en la movilidad y las medidas de higiene nos han alejado del riesgo de morir.
En estos días, la canciller alemana Angela Merkel, lejos del hierático carácter al que la lideresa mundial nos tiene habituados, advirtió: “Si ahora tenemos demasiados contactos y luego resulta que ésta fue la última Navidad con los abuelos, será que tal vez algo hicimos mal”.
Ante la prolongada duración de la epidemia, por necesidad se detuvo la marcha del país. De poco sirvió clasificar actividades como esenciales o no esenciales, decretar un sistema de alerta por semáforos. Esta crisis devino en cierre de negocios y pérdida de empleos. Mientras, los contagios y las muertes continúan.
Y aún cuando es nuestra costumbre buscar culpables para explicar todo aquello que nos hace daño, estoy convencido de que no hay esfuerzo de gobierno que por sí solo solucione esta crisis, salvo en el aspecto sanitario, la aplicación de vacunas de manera masiva, tal y como ocurrirá en las semanas y meses que vienen. La reconstrucción de lo económico es una asignatura harto compleja por resolver.
El 2021 y los años que siguen serán cuesta arriba en lo económico, 10 millones de nuevos pobres que se suman a un país de por sí empobrecido requieren soluciones inmediatas que serán cubiertas a través de los programas sociales, pero lo más importante será resolver el fondo del problema: la recuperación del desarrollo económico.
Pese al riesgo, a lo largo de 2020 vimos escenas donde muchos mexicanos retaron al virus, realizaron fiestas y reuniones asumiendo el alto riesgo de infección.
Hay razones contundentes para no relajar las medidas de protección, las cifras de contagios y muertes diarias dibujan una curva ascendente, los hospitales se saturan, nuestros médicos y enfermeras están cansados física y emocionalmente.
Poco a poco hemos comprendido, ante la magnitud de la tragedia, que todos debemos ser parte de este esfuerzo, así, el primero y dos de noviembre cerraron los panteones de casi todas las ciudades del país; la Basílica de Guadalupe permanecerá cerrada tres días antes del 12 de diciembre como medida preventiva.
Las celebraciones a San Judas Tadeo prendieron las alertas en las autoridades eclesiásticas y de gobierno, ambas fueron rebasadas por creyentes que en masa acudieron a venerar al santo.
En Chilpancingo, por ejemplo, en un acto de responsabilidad se ha determinado suspender los festejos del 12 de diciembre y tradiciones centenarias como el Paseo del Pendón y la Feria de Navidad y Año nuevo.
Todas las familias mexicanas viviremos una Navidad distinta. Incluso se nos ha pedido que no visitemos a nuestros mayores para cuidarlos.
A los mexicanos nos describen nuestras costumbres, nuestras tradiciones e historia, nos reúne la familia, nuestras ferias y fiestas patronales, la Virgen de Guadalupe, nuestra fe nos dan pertenencia, esperanza, identidad y fortaleza.
Son tan pocos los momentos en que podemos estar juntos como comunidad, que el sacrificio realizado durante este año es apenas la mitad de lo que se nos exige, ya que el esquema de vacunación será lento. Volver a la normalidad será como hasta ahora, gradual, con avances y retrocesos.
Las tradiciones pueden esperar. Es preferible preservar el don más preciado: la vida.
*Ex gobernador de Guerrero