CHISPAZO
POLARIZACIÓN, DESÁNIMO Y AUTOCRACIA
Felipe Guerrero
Las campañas políticas de él y las candidatas a la presidencia de México así como al Congreso de la Unión no se ven y, por lo tanto, no se sienten. La indiferencia social es la que prevalece y en muchos ciudadanos se encuentra instalado el escepticismo y el desánimo.
Hay muchas razones de fondo y una de ellas es el shock que ha producido el poner la esperanza en manos de quienes prometieron transformar al país y en menos de seis años salieron igual, o peor, que aquellos de los que ya estaba harto el pueblo de México.
Lo peor que le puede ocurrir a una sociedad es añorar a los que ahora, a la luz de la decepción, considera menos peor. Lo que pasa es que como nunca el país casi entero se desbocó en las urnas el 2018 y hoy, a casi seis años de depositar su voto prácticamente a ciegas a favor de un proyecto, termina dividido, polarizado, ante la concepción de un presidente como López Obrador, que decidió por sus pistolas crear lo que él llama “pueblo” y “conservadores”, sin duda una clasificación tan interesada como ficticia.
Es decir, “pueblo” es para AMLO los que el cree que están a favor de su manera de gobernar y “conservadores” los que se manifiestan en contra. Por mas pobre que sea una persona y exprese su descontento en contra del régimen, entonces se le encasilla como “conservador”. O al revés: Por más rica que sea esa persona y exprese su adhesión al régimen entonces forma parte del “pueblo”. De ese tamaño el encapsulado radical, el blanco y negro del autócrata.
La autocracia no permite desacuerdos ni medias tintas. Estás con el autócrata o estás contra él. A eso justamente se enfrenta la gente, a un sistema de gobierno que concentra el poder en una sola persona como en el caso de AMLO.
Se trata del ejercicio, en un solo hombre, de la autoridad suprema de un Estado, capaz de tomar decisiones por encima de la facultad constitucional como ha ocurrido no pocas veces en este régimen y el otrora autoritario PRI.
Uno de los efectos inmediato de la concentración del poder tiene que ver con la erosión de las instituciones, que se traduce en merma y debilidad funcional. Por eso cuando esa sola voluntad decide plenamente qué hacer con el dinero de los impuestos y los concentra en mega obras con resultados a largo plazo o nulos, la necesidad inmediata de la gente como salud, educación y seguridad no solo no se satisface sino que todo su andamiaje se deteriora y en algunos casos se derrumba.
Ciertamente, la gente puede recibir ahora más apoyo económico o mejor salario mínimo, pero de qué le sirve si al final del día la carestía, las carencias en el sector educativo y la falta de medicamentos en el área de la salud se los absorbe; y si vive con el Jesús en la boca por la inseguridad y la corrupción donde los criminales son los que se imponen.
Todo esto pudiera explicar el desinterés de la gente en el actual proceso electoral, su decepción, su frustración, su desánimo porque, efectivamente, se trata de uno de los actos ciudadanos más importantes para el futuro del país, de sus familias pero, sin embargo, la correspondencia de los votantes hasta ahora emite señales débiles.
Hoy se percibe a muchos ciudadanos inquietos, molestos, defraudados ante quienes prometieron cambios para el desarrollo de este país; esos mismos que de nuevo buscan el voto y que nunca regresaron a su demarcación electoral. Hoy pues también se presentan aquellos que fueron echados del poder el 2018, reprochando a la gente que al final de cuentas no eran tan malos como se creía.
Con toda esta incertidumbre que agobia al país y con proyectos de nación tan acotados, ¿cómo quieren que el ciudadano se entusiasme, se anime, participe y debata? Claro, lo deseable es que la gente, más allá de la polarización, realmente se volcara a las urnas y decidiera con su voto qué México quiere para sus hijos, pero se ocupa una clase política a la altura de los anhelos de paz, trabajo y desarrollo democrático.
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