
CHISPAZO Felipe Guerrero Bojórquez
¿Dónde están?
¿Y dónde están los líderes? Sobre todo los «opositores» al régimen. Son los primeros en guardar silencio, con sus muy contadas excepciones.
Dónde los dirigentes, los que se llenan la boca diciendo que representan a los ciudadanos, a los padres de familia, a los empresarios “responsables”, a los profesionistas, a los sindicalizados, a la gente del barrio. No, no se ven.
¿Dónde están quienes deberían apoyar y estar siempre con las madres y padres con hijos desaparecidos, con los desplazados, con las víctimas de la violencia en general, con las y los niños que padecen la falta de maestros y las malas condiciones escolares; con los derechohabientes enfermos de gravedad, rechazados y finalmente muertos ante la desatención criminal del sector salud? Igual, uno o dos que dan la cara dignamente.
¿Qué hacen las y los diputados de todos los partidos—, los sacerdotes, los maestros, los médicos, los abogados y los demás colegios de profesionistas?
¿Dónde están los derechos humanos, esos organismos oficiales que simulan defender al ciudadano mientras cobran del erario por hacerse los ciegos?
En ningún lado.
Seguramente agachados, escondidos, acobardados, mientras hasta ellos son víctimas de la extorsión de los propios criminales o los mismos funcionarios que, para el caso, ya son lo mismo. Pero callan. Son «líderes» con miedo que con su silencio avalan lo que ocurre.
¿Dónde están mientras el sistema de salud y el educativo se derrumban?
Mientras las ciudades se pudren en baches, drenajes colapsados, basura, calles oscuras y carreteras de la muerte; mientras en las narices de todos ellos se vende droga y alcohol las 24 horas, se secuestra, se ejecuta, se asalta. Mientras, mientras, mientras. Mientras la cobardía reina y mientras la indolencia se lleva de pellizco y nalgada con el valemadrismo.
¿Dónde está la policía? Esa que no ve nada, que no oye nada, y que en no pocos casos cobra por mirar hacia otro lado.
¿Y las famosas “Mesas de construcción de Paz”? Ahí están sus miembros, desayunando tranquilamente mientras el crimen patrulla las calles con más eficiencia que ellos. ¿Ignoran lo que pasa o fingen demencia para no romper el pacto?
Porque si eso es “construir paz”, entonces ya entendimos por qué el país se está cayendo a pedazos. Por eso la gente no cree en las autoridades. Porque en lugar de aplicar la ley, parecen más aplicarse en proteger a los criminales.
Y mientras tanto, García Harfuch presume cifras que solo ellos entienden.
Que si tantos decomisos, que si tantos laboratorios destruidos, que si tantos millones de pesos en pérdidas para el crimen organizado.
¿Y de qué sirve todo eso si los secuestros aumentan, los asaltos no cesan, los robos son el pan de cada día y las ejecuciones son el alma de la fiesta roja; si los negocios cierran, el desempleo se eleva y el miedo sigue gobernando las emociones colectivas?
¿Qué nos importa su estadística si la realidad se mide en muertos, en levantones, robos de vehículos y en pérdidas económicas, no en powerpoints?
Mientras la gente no vea que la violencia disminuya, que los delincuentes dejen de ser los dueños de la calle y que las autoridades dejen de simular, todo será teatro: un montaje de cifras, conferencias y aplausos mutuos.
Y mientras tanto, los liderazgos sociales (con excepción del sector agrícola en el caso de Sinaloa) y empresariales, siguen sin dar la cara.
Son contados los que alzan la voz. Los demás se refugian en sus grupos de WhatsApp, donde se quejan en privado lo que no se atreven a decir en público.
Hoy México vive dominado por criminales con armas y criminales con cargo público. Y entre ambos, el ciudadano que paga impuestos, paga también miedo y paga incertidumbre.
Qué cabrón está todo. Pronto, no pocos de los que guardan silencio y se exorcizan en el chat, andarán pidiendo el voto.

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