
CHISPAZO Felipe Guerrero Bojórquez
Mucho ruido y pocas nueces.
El secretario de Seguridad Federal, Omar García Harfuch, estará este jueves en Mazatlán.
¿A qué viene realmente? Dirán que a reunirse con el gabinete de seguridad, donde figuran el titular de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla Trejo, y el de Marina, Raymundo Pedro Morales Ángeles. Pero detrás del protocolo se despliega una escenografía cara, apantalladora: 47 patrullas y 250 elementos federales desplazados al puerto.
¿Para proteger a quién? ¿A la ciudadanía o a ellos mismos?
Porque el costo de todo ese aparato no lo paga la federación; es que la SSPF no fue contemplada en el presupuesto de este año y son los estados los que destinan recursos para ello. La cuenta, como siempre, se la encasquetan a las finanzas estatales y locales.
Y habría que preguntar si el erario de Mazatlán absorberá, esta vez, el gasto millonario del operativo, como ha ocurrido en Culiacán.
Pero volvamos al punto central:
¿A qué viene el gabinete de seguridad?
En el caso de Mazatlán, a nada.
Solo vienen a ocupar un espacio, a sostener una reunión que podrían celebrar perfectamente en la Ciudad de México.
Llegan en sus aviones oficiales, se encierran en un área de la Tercera Región Militar, un territorio que poco o nada tiene que ver con los problemas reales del municipio, y antes de que la brisa del Pacífico los despeine, ya están de regreso en sus helicópteros rumbo al aeropuerto y luego en sus aviones con destino al centro del poder.
En resumen: nunca estuvieron realmente en Sinaloa ni en Mazatlán. Fue solo un gesto simbólico, una coreografía para aparentar presencia y preocupación. Nada más.
Mientras tanto, las desapariciones forzadas, las extorsiones y la impunidad continúan.
¿De qué hablan, qué analizan, qué estrategia trazan?
¿Necesitan venir a Mazatlán para “entender” lo que todos los ciudadanos ya saben y viven a diario?
Si el pueblo lo percibe, si lo sufre, ¿por qué no lo saben ellos, que se dicen expertos en “inteligencia”?
Con o sin García Harfuch, todo seguirá igual en Mazatlán o en Sinaloa. Ojalá que los hechos desmienten al escepticismo. Por eso, la visita luce más como un acto de propaganda que como una operación de Estado. Una forma de llenar titulares y vaciar de contenido la esperanza.
Se insiste, los decomisos quedan en el terreno de la duda y para la estadística. Hasta hoy no han impactado a favor de los ciudadanos, solo a favor del relato presidencial. Pero la realidad brutal en las comunidades ahí sigue, no le han tocado un solo pelo. Los que mandan son otros. Y eso lo dice todo.
La presidenta Claudia Sheinbaum prometió que su gobierno “protegería” a los sinaloenses y que el gabinete se reuniría aquí cada 15 días. Lo ha cumplido solo en parte y, cada vez que vienen, se desatan los demonios de la violencia, como si les dieran la bienvenida.
Ojalá que esta vez no.
Ojalá, al menos, que el ruido de las nueces no sea el preludio de otra tragedia.
Porque los sinaloenses ya no se chupan el dedo: Ya aprendieron a distinguir entre seguridad y espectáculo. Y a sortear la violencia a como Dios les da a entender, aunque hay veces que la inocencia colateral es alcanzada por el fatal destino. Y eso ocurre casi a diario en este país, donde al orden relativo, de pronto, lo estremece el caos.

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