CHISPAZO. Felipe Guerrero Bojórquez

CHISPAZO. Felipe Guerrero Bojórquez



CHISPAZO. Felipe Guerrero Bojórquez

La 4T: Estatismo, Control y la Batalla Electoral.

Morena no reforma instituciones para beneficiar a los ciudadanos ni a sus propios seguidores: lo ha hecho para permanecer, para blindarse como burocracia en el poder. Las recientes modificaciones constitucionales no son, como presume el régimen, “democratizadoras”. Son, en realidad, un golpe contra los ciudadanos libres y contra cualquier forma de oposición política.

Las reformas han desmontado los contrapesos: se apoderaron del INE, del Poder Judicial y del Tribunal Electoral. Eliminan órganos autónomos porque estos representaban la última tabla de salvación para ciudadanos, empresas, organizaciones civiles y periodistas que exigían rendición de cuentas, competencia leal y candados contra el abuso estatal.

Y no solo desaparecen instituciones: crean otras para vigilarnos.
La Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones obliga a entregar datos biométricos —huellas, rostro, dirección, historial y más— para cualquier trámite: salud, banco, seguridad social, pensiones. Todo lo que ayude a mapear y controlar la vida del ciudadano.

La consigna es simple: Si no entregas datos, no hay servicios. No hay trámites. No hay derechos.

La 4T ha cruzado la frontera del Estado social y ha entrado de lleno en el Estado vigilante. Un Estado que decide quién accede a servicios básicos, quién cobra una pensión y quién queda fuera del sistema.

Nada escapa a ese apetito.
La nueva Ley de Aguas Nacionales apunta incluso a las norias y pozos campesinos, arrebatando propiedad y facultades básicas de subsistencia. En apenas siete años, el proyecto que prometió libertades destruyó tres décadas de avances ciudadanos, de regulaciones, equilibrios e instituciones que permitían una sociedad civil organizada, productiva y con voz.

La 4T llegó al poder sobre los hombros de las libertades previas. Hoy, esas mismas libertades son consideradas un estorbo. Los ciudadanos y las oposiciones ya no pueden competir en igualdad de condiciones porque el régimen ha modificado las reglas, los árbitros y el terreno.
Todo a favor del Estado. Todo en contra de los ciudadanos.

Y en el fondo, ese es el espíritu principal de la 4T: reducir al mínimo el poder ciudadano, para sustituirlo por el poder absoluto del Estado.

Morena se recargó inicialmente en programas sociales que, más allá de sus necesarios beneficios, fueron diseñados como mecanismos de control. Apoyos condicionados y estructuras territoriales se convirtieron en una red clientelar. Pero al mismo tiempo, crecieron la inconformidad, el desgaste, la ira silenciosa.

El ciudadano observa hospitales desmantelados, escuelas sin recursos, carreteras destruidas, medicinas que no llegan, corrupción que ya no se esconde y un crimen organizado con tentáculos dentro del poder. Nadie cree ya en el cuento de “no mentir, no robar, no traicionar”: fue lo primero que hicieron.

Reformaron instituciones para perpetuarse, concentrar poder, cerrar puertas y abrir negocios.
Pero, sin darse cuenta, sembraron algo más peligroso: indignación.

La gran pregunta es inevitable:
¿Podrán ciudadanos, organizaciones y partidos opositores construir la alianza que le arrebate el poder electoral a un régimen que se siente indestructible?

Habida cuenta que se enfrentarán a un gobierno lleno de recursos, control de órganos electorales,
clientelas territoriales y un aparato judicial sometido. Y un dato más: no dejarán el poder voluntariamente. Ya lo han anunciado no pocas veces.

Como en Venezuela, cuando el Estado se apropia de las urnas, de los conteos y de las Fuerzas Armadas, la alternancia es eliminada. Por eso, la batalla será a pulso de organización, unidad y votos. Un resultado tan contundente que no pueda ocultarse ni falsearse.

Ese es el reto. Ese es el límite.
Que la dictadura no se atrinchere con las armas, ni robe boletas ni arrebate triunfos contando a su modo votos en espacios controlados.

La única vía es la presión de las urnas, el poder ciudadano sincronizado y consciente, la resistencia organizada ante un régimen que ya descubrió el sabor del control total.

Porque, a pesar del dominio territorial, de su propaganda permanente y del sometimiento institucional, Morena olvida algo que tarde o temprano irrumpe en la historia de los pueblos:
cuando un Estado decide anular la libertad, la ciudadanía aprende a luchar por ella. En unos casos lo hace con las armas. Y en otros con un instrumento que ninguna dictadura puede borrar: el voto.

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