
CHISPAZO | Felipe Guerrero Bojórquez
EL VIDEO NO SE BORRA
Hay imágenes que no se despegan. No importa cuántas explicaciones se ofrezcan después. Esos testimonios quedan, al mismo tiempo que exponen, persiguen y definen. La de Claudia Sheinbaum promoviendo electoralmente a Diego Rivera, a un hoy acusado de extorsión, secuestro y tortura, es una de ellas.
El argumento de si lo conocía o no, resulta irrelevante frente al hecho central: pidió el voto por él, para que gobernara el municipio de Tequila. Lo respaldó públicamente. Metió, literalmente, las manos al fuego en un mensaje directo a la ciudadanía. En política, el video pesa más que la explicación posterior y si ella conocía o no sus antecedentes.
No es normal, ni estratégica ni protocolariamente, que un aspirante presidencial aparezca promoviendo a un candidato de un municipio pequeño. No ocurre por accidente. No es espontáneo. Es decisión. Por eso la pregunta no es si lo conocía, sino quién lo hizo candidato y se lo puso a un lado, quién lo filtró, quién lo avaló y quién respondió por sus antecedentes.
Las denuncias no nacieron ayer. Se acumularon durante la gestión: señalamientos de extorsión, abusos, cierre de negocios, atropellos a ciudadanos, apropiación de espacios públicos como el Museo del Tequila. La reacción llegó hasta que el escándalo cruzó fronteras y tocó intereses económicos mayores. Otra vez el mismo procedimiento: primero se niega, luego se minimiza, después se reacciona obligadamente ante la condición adversa.
Si el movimiento que presume superioridad moral lo postuló, alguien empujó y validó su curriculum. Si fue presentado como aliado de los principios de “no robar, no mentir, no traicionar”, alguien certificó, o fingió acreditar, su honorabilidad. La responsabilidad no es individual. Es una cadena estructurada que obedece a un patrón, y ocurre en cientos de municipios del país, principalmente gobernados por Morena y sus aliados.
Y mientras el caso escala, el país acumula otros focos rojos. Desapariciones, fosas clandestinas, territorios concesionados al crimen a cambio de dinero y apoyo electoral; municipios donde la autoridad formal es, por lo mismo, decorativa. En el sur de Sinaloa, por ejemplo, la desaparición de personas dejó de ser nota aislada para convertirse en rutina trágica, en una actividad macabra que alimenta la operación del crimen. Solo la presión social, mediática y externa activan a la fuerza policiaca. Sin presión, el dejar pasar y el dejar hacer transcurren impune, al parejo con la complicidad permanente.
El problema no es solo el personaje promovido, protegido en la figura criminal de Diego Rivera. El problema es el método, vuelto ya una manera de reaccionar únicamente cuando el costo de la crítica sube, cuando la imagen se deteriora y cuando el daño institucional es evidente.
Porque al final, en política y en el servicio público, lo que no se investiga y se detiene a tiempo se convierte en escándalo. Y lo que se promueve sin filtro, sin medir las consecuencias, tarde que temprano emerge y se vuelve lastre.
El video no se borra. Y las preguntas tampoco.

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