CHISPAZO/ Felipe Guerrero Bojórquez

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Reforma Electoral: el misterio que se votará “como llegue”

¿Qué tipo de reforma electoral nos espera?
La pregunta es central cuando el propio coordinador de Morena en el Senado, Ignacio Mier, ha advertido que la propuesta deberá apegarse a la visión de la Cuarta Transformación. Traducido: el modelo electoral tendrá que encuadrar en la lógica del partido en el poder.

¿Se trata entonces de una reforma pensada para representar la pluralidad política del país o para consolidar una visión específica del poder?
La presidenta Claudia Sheinbaum, ante cuestionamientos sobre si existen o no los votos suficientes para aprobarla, pidió “no adelantar nada”. “Vamos a esperar al día que enviemos la reforma, ahí ya platicamos de todo, no nos adelantemos”, dijo.
La prudencia es válida. Pero el misterio permanente, no tanto.
Porque el año pasado la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, presidida por Pablo Gómez, realizó foros en los estados para recoger opiniones de especialistas y sectores ciudadanos. Se supone que de ahí surgiría una propuesta enriquecida por la deliberación pública. Sin embargo, hoy ni siquiera los propios coordinadores parlamentarios conocen el contenido de la iniciativa.
Ricardo Monreal lo reconoció sin rodeos: no sabe cómo viene la reforma y, por tanto, no puede afirmar que esté asegurada la mayoría calificada de 334 votos. Pero añadió algo más revelador: “La iniciativa que envíe la Presidenta, como llegue, Morena la va a respaldar”.
¿“Como llegue”?
La frase es contundente. No habla de análisis, ni de reservas, ni de matices. Habla de respaldo automático.
En paralelo, la presidenta ha adelantado uno de los puntos que sí considera prioritarios: que los consejeros electorales no ganen más que la titular del Ejecutivo. El argumento es la austeridad. La misma austeridad que justificó la desaparición de organismos de evaluación y transparencia, y los recortes presupuestales al Instituto Nacional Electoral, reduciendo su margen operativo.
Curiosamente, la austeridad no parece aplicarse con la misma severidad cuando se trata del financiamiento de partidos aliados que resultan indispensables para alcanzar la mayoría constitucional.
El dilema no es técnico, es político. No sabemos aún el contenido de la reforma, pero sí sabemos que su aprobación dependerá de negociaciones entre Morena y sus aliados, Partido Verde y Partido del Trabajo. Y que la discusión pública quedará supeditada al momento en que el Ejecutivo decida revelar el texto.
En una democracia madura, una reforma electoral no debería ser un ejercicio de suspenso ni una pieza de negociación entre cúpulas. Debería ser un proceso abierto, deliberado y transparente, porque regula nada menos que las reglas del juego político.
Hoy, a confesión de parte, ni los legisladores conocen el contenido de la iniciativa. Pero ya sabemos que, cuando llegue, será respaldada.
En suma: no estamos discutiendo aún si la reforma fortalecerá o debilitará la democracia mexicana. Estamos, más bien, ante la expectativa de qué tan amplia será la negociación necesaria para conseguir los votos.
Y mientras tanto, la vida democrática del país permanece en pausa, a la espera de que se levante el telón.

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