
CHISPAZO/ Felipe Guerrero Bojórquez
La caída de Nemesio Oseguera: ¿golpe policial o reacomodo del poder?
La caída de Nemesio Oseguera Cervantes no es solo la baja de un capo. Es un movimiento estructural de la relación entre Estado, crimen organizado y geopolítica. El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, con presencia operativa en cuatro continentes, no cayó en una redada improvisada. Cayó bajo una operación que, por su precisión, difícilmente puede entenderse sin avanzada inteligencia tecnológica. Esta acción pudiese verse como un triunfo policial y político de la Presidente Claudia Sheinbaum y un obligado desafío al modelo de «abrazos no balazos».
La pregunta no es si hubo colaboración de Estados Unidos. La pregunta es cuánto pesó esa colaboración y qué es lo que sigue. Cuando un líder criminal de ese tamaño es abatido sin filtraciones visibles, sin alertas tempranas desde las corporaciones penetradas y sin que su primer círculo active protocolos de fuga, algo en el segundo anillo, el que echa aguas, generalmente el oficial, se ha modificado. O se blindó la operación dejando fuera el circuito tradicional. O se rompió el equilibrio de protección que venía funcionando, a partir de instrucciones, desde arriba, muy precisas a los mandos medios infiltrados. Es decir, desde el oficialismo, sus protectores, pudieron haber traicionado a El Mencho. Claro, la muerte del capo será otro tema de controversia. Con él se fue mucha información. ¿No era mejor capturarlo vivo?
Y es que la reacción violenta del cártel confirma que no se trató de una entrega pactada desde dentro del mismo. Bloqueos, incendios, ataques coordinados; toda una demostración de músculo logístico y armamentista que expone dos realidades de supremacía. La primera es que la organización conserva mando, disciplina y capacidad de fuego. La segunda tiene que ver con su penetración a fondo en estructuras sociales y policiales.
Si el golpe fue sorpresivo, alguien dejó de avisar porque lo bloquearon o por presión.
¿Existía un entendimiento oficial con el CJNG que tuvo que fracturarse? Si lo hubo, su ruptura no es gratuita. En política, los pactos no se rompen por convicción moral, sino por presión o por necesidad estratégica. Y el contexto internacional presiona. Washington lleva años exigiendo resultados concretos en materia de fentanilo y expansión criminal. Un golpe de esta magnitud envía un mensaje hacia el norte tanto como hacia dentro.
Aquí emerge la arista política. Para el gobierno de Claudia Sheinbaum y para Morena, el impacto puede bifurcarse. Si la narrativa logra instalar la idea de un Estado que recupera control territorial, podría traducirse en oxígeno electoral rumbo a 2027. La seguridad sigue siendo el termómetro emocional del voto.
Pero existe otro contexto. Si esta acción es interpretada como ruptura con la línea de “abrazos, no balazos” impulsada por Andrés Manuel López Obrador, entonces no solo se trata de un operativo, se trata de una redefinición doctrinal al interior de la 4T. Y las redefiniciones generan resistencias internas. El obradorismo duro no es un espectador pasivo. Es una corriente con intereses, candidaturas y estructuras.
Desmantelar a fondo una red criminal que creció durante un sexenio implica tocar hilos políticos, financieros y territoriales. No hay cártel de esa dimensión sin redes de protección. Si la ofensiva continúa y se extiende a otras organizaciones criminales, inevitablemente rozará nombres, y alianzas de políticos ya conocidas por la gente en las diversas regiones. Ahí es donde el golpe deja de ser estrictamente policial y se vuelve sistémico.
Lo anterior implica que la ofensiva funcione como movimiento interno de depuración oficial y partidista. En tiempos preelectorales, las batallas no solo se libran contra adversarios externos. Se libran dentro del propio partido. Un reacomodo de fuerzas bajo la bandera de la seguridad puede limpiar los espacios sin necesidad de confrontación abierta.
Si la estrategia escala, el gobierno de Sheinbaum podría entrar en una fase de golpes selectivos que modifiquen el mapa criminal y, de paso, el político. Si se detiene aquí, quedará solo como una reacción coyuntural puntual y como un episodio que el tiempo absorberá en la rutina violenta del país. Lo cierto es que la caída de El Mencho no es un punto final. Es una bisagra. Puede marcar el inicio de una política de seguridad distinta o convertirse en un acto aislado dentro de una continuidad maquillada.
Lo de Oseguera aún está en brumas. Pronto se aclarará el panorama, qué sigue, si esto va en serio y qué nombres habrán de saltar a este nuevo escenario.

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