Talleres de pianos: revivir muertos


En un piano pueden estar ocultas historias de cien o doscientos años. Es lo que sucede en los talleres donde arreglan estos aparatos musicales. En una bodega están hileras de diferentes marcas y valores que no imagina la gente común. Es fácil calcular, en cambio, para expertos cuyos antepasados heredaron el oficio que han perfeccionado con el paso del tiempo; sin que sea necesario haber pulsado una sinfonía, sino tener oídos educados para afinarlos y la sapiencia para dejarlos con la exactitud de un reloj suizo.

En una sala de exhibición, por ejemplo, puede estar un piano de palo de rosa, como exclama el señor Carlos Garrido, heredero de un taller que fue propiedad de su abuelo, quien tenía una tienda en la avenida Balderas, entre las calles de Ayuntamiento y Victoria. También está Rodrigo Tinajera, integrante de una cuarta generación que hace lo mismo en la colonia Roma.

Los dos talleres restauran pianos de todas las épocas. Cada pieza es una joya. Y son pocas las casas que hay en el país -alrededor de 45, calcula Tinajera-, empezando por Ciudad de México, donde escasea el oficio y, por lo tanto, hay mucho trabajo, ya que les traen aparatos de todas partes, coincide el señor Garrido, quien asegura tener el taller más grande de todo en territorio nacional.

Empecemos por la Roma.

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En la colonia Roma está la empresa familiar Tinajera, “con más de ochenta años de tradición y experiencia en la afinación y restauración de pianos y pianolas; nuestro taller vende, repara y restaura pianos”, dice Tinajera, que forma parte de la cuarta generación dedicada a ese oficio, heredado por José Antillon Rosner, de origen alemán, quien le compartió sus conocimientos a Cosme Tinajera Sabas.

Don Cosme era tío abuelo de Rodrigo Tinajera padre, que comparte el negocio con sus hijos Rodrigo y Damián

“Mira –dice Rodrigo-, lo que hacemos es revivir muertos, porque son pianos que han pasado por distintas épocas y distintos tratos y llegan aquí por falta de mantenimiento”.

El piano más antiguo que ha pasado por este taller fue uno de la firma Muzio Clementi, uno de los primeros fabricantes, en el año 1832, calcula el afinador.

—¿Y qué tal quedan?

—Pues tratamos de conservar el estado del instrumento, la originalidad, sin modificarlo; porque prácticamente son piezas de museo- explica, para luego sentarse al piano y comenzar su tarea de afinación.

—¿Y la clientela?

—Es muy variada: desde estudiantes, gente de los escenarios, o integrantes de un cuarteto de jazz, música de cámara, ópera; estamos presentes en todo lo que tiene que ver con el arte.

—¿Y qué tal de trabajo?

—Pues gracias a Dios tenemos bastante, porque el gremio es muy pequeño, somos muy pocos, y entonces la demanda es demasiado. Yo creo que de los establecidos no llegamos a 50 en todo el país.

En la pared tiene una fotografía con el título de Médico de pianos. “Pues así me pusieron porque en ocasiones los resucitamos”, dice y sonríe quien tiene unos 30 pianos formados para restauración.

Y como si fuera un museo, en la pared mantiene una colección de herramientas, empezando por el diapasón, pinzas y llaves para afinar de hace dos siglos, cuando se utilizaban fuelles para para sacudir el polvo de los pianos. Pero esas herramientas quedaron atrás.

“Actualmente hay aspiradoras, otro tipo de aparatos que hacen ese trabajo”, comenta y muestra un piano cuadrilongo de 1870. “Es el más viejo que tenemos ahorita en el taller”.

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Y de la colonia Roma habrá que desplazarse a Pianos Garrido, de la familia que lleva ese apellido, con una antigüedad de cien años. Está en la colonia Lindavista. Heredaron la tradición del abuelo Guadalupe, técnico de pianos, informa Carlos Garrido, cabeza de la actual dinastía, mientras acompaña en un recorrido por el amplio taller donde trabaja con sus dos hijos, Carlos y Diego, y su hermano Rafael, quien engarza minúsculas piezas.

—Este es un piano Steinway, el Rolls-Royce de los pianos –se jacta Garrido y desliza la palma de su mano derecha sobre la superficie del imponente aparato- , es el piano más fino del mundo, es de un cliente de Chihuahua, llegó en pésimas condiciones, lo estamos restaurando todo, todo el encordado se mandó traer de Nueva York, así como las clavijas y el dorado de la plancha. Es un piano Steinway de palo de rosa, que data de mi ochocientos setenta y algo.

—¿Y en cuánto está valorado?

—Un piano de estos debe valer arriba de los dos millones y medio de pesos. Y allá tengo el piano del señor Anaya- dice y sonríe.

Y se apresura a mostrar el piano de un señor que, asegura, lo trajo de Querétaro y dijo ser tío de un ex candidato presidencial, pero no ha regresado a recogerlo.

Este taller y sala de exhibición fueron heredados, como ya se dijo, por el abuelo, quien se lo dejó a Ignacio, padre de Carlos, allá por los años treinta.

—Cuántas generaciones.

—Pues hablamos de mi abuelo, su servidor, mis padres y mis hijos; cuatro generaciones.

—¿Y en qué consiste el oficio?

—Yo hago mucho la analogía de los pianos con el negocio de los coches –contesta Carlos Garrido-; le digo que si arregláramos coches, aquí arreglaríamos los motores; y tenemos un taller, el más grande de México, en la colonia Martín

Carrera, donde hacemos la reparación de los muebles y el barniz; ahí desmantelamos todo el piano…

En este taller, donde también tienen herramientas heredadas por padre y abuelo, desarman los aparatos y se cambian las partes dañadas. El oficio es similar al de un anticuario, por el tipo de piezas que usan.

El señor Garrido explica:

—El desgaste que sufre un piano es por fricción; se cambian unas piececitas que se llaman centros, que es donde gira toda la maquinaria. Entonces eso es básicamente el alma: fieltros, resortes y centros. Son herramientas especializadas, milimétricas, para retirar los centros.

—¿Cuál es el piano más viejo que ha arreglado?

—He arreglado pianos de 1820 y 1830. Son pianos muy antiguos.

—¿Y de algunos personajes?

—Pues este piano que tengo es del señor Gabriel Anaya; es un piano cuadrilongo. ¡Por cierto, señor Anaya, cuando guste venir ya está listo su piano!- dice, como si el dueño fuera su vecino, y sonríe.

Al taller de la familia Garrido traen a reparar pianos de otras partes del país, como Monterrey, Querétaro, Mérida y Chihuahua, entre otras ciudades.

—¿Y qué tipo de pianos tiene ahora?

—Hombre, ahorita también tenemos una pieza muy importante, un Steinway; Steinway es el piano más fino del mundo; en realidad tenemos varias maquinarias que se están reparando- dice y muestra fotografías y videos de varias piezas en talleres de la colonia Martín Carrera.

La afinación de los pianos la hacen de dos formas. “Lo mismo con el diapasón de golpe – ejemplifica Garrido-, que con aparatos electrónicos de última generación; pero siempre el oído es el que manda”.

—Un oído educado.

—Sí, claro, se va educando con los años. Y también el manejo de la llave para afina. En fin, son muchos años de experiencia.

—¿Usted toca el piano?

—No, fíjese que no, curiosamente es diferente la profesión de pianista; el pianista ejecuta, pero yo sé toda la parte interior del piano. Yo le digo que el pianista es como el corredor de coches y nosotros somos los mecánicos que están atrás para que el coche funcione bien.

De la colonia Roma a Lindavista, dos talleres con diferentes historias y un solo propósito: revivir pianos en una ciudad donde escasea el oficio, para el que se requiere buen oído durante la afinación de este instrumento musical, del que salen variados ritmos desde tiempos inmemoriales.



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