Alan Yahir y Héctor Efraín, de 12 y 14 años, eran dos niños indígenas mazahuas reportados desaparecidos, el hallazgo de sus cuerpos, cuando eran arrastrados en una carreta, conmocionó al país. De inmediato los señalamientos. Que si vendían droga, que si su madre no se daba cuenta, que si… y de la indignación se pasó al juicio. La realidad es que terminaron siendo víctimas de sus propias circunstancias.
Porque luego se nos olvida que hay muchos Méxicos, y una calle separa un mundo de otro; nos encerramos en una burbuja y nos negamos a reconocer que la vida no es igual para todos.
El hecho es que la mayoría de los mexicanos se quedan en el mismo estrato social en el que nacieron, y si ese es el que se encuentra en la parte más baja de la pirámide resulta casi imposible una movilidad social.
Alan y Héctor eran niños indígenas que vendían dulces en las calles y vivían en una zona conflictiva de una ciudad sobrepoblada. Qué queda? Adaptarse. Cuál era su objetivo? Seguramente sobrevivir.
Alessandro, de 14 años, también fue asesinado. Secuestrado y privado de la vida luego de que los plagiarios no recibieron los 800 mil pesos que demandaron como rescate. Él se preparaba para cumplir su sueño como futbolista profesional. Dos jóvenes de 15 años fueron detenidos por trasladar la maleta en la que llevaban los restos, por cumplir esta tarea les iban a pagar 2 mil pesos.
Señalar, apuntar y juzgar a estos niños y adolescentes por ser partícipes y víctimas de hechos tan violentos como estos deben estar en segundo plano, primero debemos analizar cuáles fueron las causas detrás de estas tragedias y otras tantas que no ocupan los titulares de los medios de comunicación ni se vuelven trending topic en las redes sociales.
Primero, habrá que vernos en un espejo como sociedad, cómo educamos y qué hacemos para cortar estos círculos de violencia. Después, ver a las autoridades, qué hacen para crear una sociedad más igualitaria en oportunidades, combatir la inseguridad y exigir justicia por las víctimas.
Las experiencias y circunstancias nos forman como individuos, pero cada quien tiene su propio punto de partida, falta resolver cómo hacemos el camino más ameno para que nadie sea protagonista de historias como estas.