Era un niño que volaba hacia la adolescencia cuando por primera vez le ayudó a su abuelo en la cosecha de café, allá en Córdoba, Veracruz; un aprendizaje en la pequeña parcela que jamás olvidaría y que recordó varios años después de llegar al Distrito Federal donde una tía le dio cobijo.
La evocación llega mientras hace un recuento de sus primero pasos en la capital, 30 años después, empezando por su primer negocio, El Embrujo del café, que más tarde cambió al de Beyal, con tintes de familia, y después, de 2005 a 2010, al de Mi Divina Pasión.
Cinco años duró el establecimiento, ya como restaurante-cafetería, en sociedad con su esposa Beatriz, pero surgieron problemas económicos, pues lo ahorcaban el pago de empleados, los impuestos y las cuotas al IMSS, por lo que traspasó el local y se quedó con la tostadora.
Y todo quedó en recuerdos.
Pero hace meses, contra todo pronóstico, resurgió en medio de esta pandemia que ha provocado el derrumbe de negocios y ocasionado miles de muertes; escenario que semeja un efecto dominó a escala mundial.
En México, además de la mortalidad, han desaparecido empleos y, de acuerdo a información del INEGI, el 93.2 por ciento de las empresas registró “un tipo de afectación”, como la falta de ingresos.
La Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados, que tiene afiliadas a más de 600 mil unidades de negocios, calcula que el coivd-19 ha ocasionado el cierre de más de cien mil establecimientos en el país.
Y en medio de todo este panorama, como se ha visto, hay personas que caen y se levantan. Pero no todas las caídas tienen el mismo espesor.
Es lo que ocurrió con Alejandro Benítez Rosas, personaje de esta historia, quien durante la influenza de hace 10 años su negocio tuvo una caída estrepitosa, y entonces optó por cerrarlo para siempre.
Meses antes de la actual contingencia sanitaria quedó sin empleo y al paso los días se acabaron los ahorros, pero Benítez no se cruzó de brazos y siguió los ejemplos de padre y abuelo.
Lo que hicieron él y su esposa fue desempolvar la tostadora, guardada en un almacén durante 10 años, con la intención de ver en qué condiciones estaba para venderla; terminaron su labor de limpieza y en el momento que la echaban a andar se les prendió el foco…
Y después de mirarse entre sí decidieron plantarle cara a la crisis, armados de un artilugio que al ser accionado con granos de café provoca el lento surgimiento de un aroma que envuelve los sentidos.

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Bajo el techo de una casa en Ecatepec, Estado de México, donde tiene la tostadora, Alejandro Benítez Rosas rememora cuando llegó al entonces Distrito Federal y vendió bolsitas de café de medio kilo.
Entonces recibió cursos sobre los procesos del aromático, visitó fincas, y con su novia, que se convertiría en su esposa, pusieron una cafetería.
La compra de la tostadora fue compartida con un amigo, quien después convino en separarse del negocio, el cual quedó en manos de los Benítez-Carrasco. Era el año 1999.
Después vinieron las transformaciones y los tumbos económicos; los coletazos de crisis importadas, aunados a la influenza, perjudicaron de manera colateral negocios de alimentos en México.
La única salida que tuvo la pareja fue traspasar el negocio, situado en la colonia Roma, pero al nuevo propietario no le interesó la tostadora de café, pues su intención era poner una marisquería.
Habían pasado 10 años. De pronto se les vino a la cabeza que algo tenían que hacer con aquella máquina. Desde Ciudad de México traían toda la intención de venderla, pero algo cambió en el último momento.
—La limpiamos –refiere Alejandro Benítez frente a la tostadora, ahora de vuelta con su esposa y sus dos niñas -, la desempolvamos, la echamos a andar y nos volvió a nacer esa curiosidad, esa intención de intentarlo otra vez; porque en la primera etapa terminamos quebrados, desilusionados, deprimidos; esta vez, en cambio, visualizamos que no pagaríamos renta, y empezamos a trabajar en este lugar que nos prestan. Lo que hacemos es tostar, embasar y vender el café por kilo.

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Y lo primero que hicieron fue comprar un bulto de café. Tenían todo, o casi, y solo era cuestión de empezar, ahora en medio de la emergencia sanitaria, nada comparable con aquella influenza. La diferencia, entre otras cosas, es que ahora no tenían que pagar renta ni empleados.
—¿Y entonces?
—Dijimos: vamos a probar, ya tenemos experiencia, proveedores, el nombre –Mi Divina Pasión– y, sobre todo, conocimiento del negocio; entonces compramos un bulto de café y pensamos que lo peor que podía pasar es que si no se vende nos lo vamos a tomar y compartirlo con los amigos.
Y lo probaron.
Un amigo de la maestría en Comunicación, Rodolfo Martínez Arrieta, mejor conocido entre sus cercanos como Pool, comenta Benítez, “ha sido una pieza importante en la imagen y diseño de Mi Divina Pasión, pues su gran generosidad ha permitido contar con ideas originales no sólo en el nombre, sino en el logo, el lema y nombres de algunos cafés cuando este negocio familiar funcionaba como cafetería”.
Y Alejandro volvió a vender de casa en casa y en oficinas, como lo hizo hace 30 años, cuando empezó; la diferencia es que, ahora, este negocio familiar es apoyado en redes sociales y por los amigos.
—¿Cómo les ha ido?
—Por fortuna empezó a caminar bien. Hablamos de marzo, antes de que iniciara la pandemia, que nos detiene y dejamos de procesar. Hace unos dos meses, con las debidas precauciones sanitarias, volvimos a promocionar el café con dos atractivos: en la Ciudad de México entregamos gratis a domicilio.
—¿Y cómo les ha ido.
—…Eso gustó a la gente, aparte de la calidad del café, y en provincia les regalamos el flete; pagamos el envío, a partir de cinco kilos. Y hemos notado, por ejemplo, mucha solidaridad de amigos, de familiares.
Han observado que en otras partes del país los clientes se organizan a través de redes sociales y en caso de pedir cinco kilos, por ejemplo, la reparten entre distintas casas.
—Hay solidaridad.
—Mucha solidaridad, mucha empatía, muchas ganas de ayudar de la gente, sobre todo con uno que va retomando el tema del negocio, y eso nos ha servido mucho
—O sea que la pandemia, aunque resulte paradójico, ¿ha beneficiado a los emprendedores?
—Yo creo que ha sido una especie de acicate para todos los que tenemos negocios, porque de repente quedaste en la disyuntiva de reinventarte o de plano hacerte a un lado y perder.
—Y la necesidad…
—Sí, la misma necesidad, sinceramente, nos ha ido impulsando, no solo a mejorar la calidad del café y el servicio de entrega, sino el empaque, los colores, etcétera; la manera de vender, te digo, cambió totalmente.
Y aunque hasta ahora son pocas las ventas que realiza, la familia Benítez Carrasco no solo echó mano de sus antiguos proveedores de Veracruz, de donde es Alejandro -que de niño conoció el café en el pequeño huerto de su abuelo-, sino que ahora incluyen el grano orgánico producido en las alturas de Oaxaca y Chiapas.