
CHISPAZO
LA GUERRA EN SINALOA: SER O NO SER.
Felipe Guerrero Bojórquez
Mientras el calendario transitaba de un año a otro, la narco guerra en Sinaloa continuó incesante. Nada de tregua. Navidad y año nuevo no fueron suficientes para que la intensidad de los enfrentamientos amainaran, lo que mide el tamaño del rencor y el odio entre un bando y otro. Y el descontento con algún sector del gobierno.
El nivel de la confrontación es igualmente el punto de referencia para evaluar la estrategia del gobierno en el combate al crimen. No se requiere ser experto en estadística para concluir que, con miles o sin miles de soldados y policías, la narcoguerra se intensifica.
Cierto, se han dado detenciones de algunos generadores de violencia, decomiso de drogas y armas, pero de poco ha servido porque el flagelo de la guerra continúa enlutando familias, dañando la vida emocional de la gente, golpeando severamente la economía en todos sus órdenes y expulsando capitales hacia otras regiones.
Se sabe ya de decenas de familias que abandonaron Sinaloa, particularmente de Culiacán, para vivir en otros estados del país e incluso en el extranjero como España y Estados Unidos, mientras pasa el horror de una violencia que parece no tener fin. Pero es el desplazamiento de pobladores de las comunidades serranas hacia la costa, lo que está a la orden del día. Por la violencia extrema dejaron todo su patrimonio a la deriva y no pocos bajaron a las ciudades con lo que traían puesto.
Es el drama del éxodo que provoca la guerra, entre otras consecuencias, que altera la vida cotidiana, el ambiente pacífico y de trabajo de la gente. Son tiempos donde se anhela y se valora la paz. Son «Tempos nublados», como escribió Octavio Paz, donde los contextos históricos influyen en la existencia personal y, en este caso, donde las circunstancias específicas de un Estado fallido determinan afecciones y decisiones drásticas en amplios sectores de la sociedad.
Pero la guerra seguirá mientras el Estado Mexicano no se proponga terminarla; mientras quienes dicen combatirla dejen de estar de espectadores esperando que se termine, rogando a Dios que las partes se pongan de acuerdo «porque ellos también son seres humanos», diría López Obrador.
¿Por qué el gobierno, pese a tener miles de soldados y agentes concentrados en Sinaloa, no es capaz de parar la guerra? La pregunta tiene varias respuestas. Una puede ser la existencia de compromisos de fondo, como financiamientos de campañas políticas y operaciones electorales y que, por ello, «el combate al crimen» solo llegue a niveles de disuasión y de capturar a «generadores de violencia» de menor importancia. Otra respuesta es que los grupos fácticos tienen el suficiente poder económico como para adquirir armas poderosas, solventar su movilidad y mantener a cientos de hombres en la pelea. Lo otro, y que es común, es que tienen la capacidad para infiltrar a las corporaciones, y cooptar a funcionarios operativos como parte de su estrategia de inteligencia.
Lo cierto es que hasta ahora los resultados en la lucha contra los cárteles pisan los terrenos del fracaso, simple y sencillamente porque la guerra no merma y en vez de bajar, son más los momentos en que su intensidad sube.
A pesar de que en la transición entre las últimas horas del 2024 y las primeras del 2025, hubo 11 ejecuciones en Sinaloa y que en estos días posteriores las muertes, los «levantones», el robo y quema de vehículos no cesan, la presidenta Claudia Sheinbaum se ha metido a desmentir al diario New York Time, sobre un reportaje en el que se detalla la producción de fentanilo en un laboratorio artesanal ubicado en el centro de Culiacán. ¿Porqué ese afán? ¿Trata acaso de demostrar, ante Donald Trump, que en México y en Sinaloa no se produce esa droga? La interpretación de esta preocupación presidencial podría incluso tener otra lectura desde los Estados Unidos: Que el gobierno mexicano trata de proteger a los cárteles y eximirlos de la responsabilidad de producir fentanilo, la droga fatal que ha matado a miles de estadounidenses.
Si el gobierno mexicano ha considerado que, con demostrar que aquí no se produce el fentanilo, el gobierno de Trump se abstendría de no calificar a los cárteles como terroristas, se equivoca; porque más allá de que se produzca o no aquí, el hecho es que el tráfico de esa sustancia parte de México y es tan potente que está matando a los consumidores
gringos. Ese es el tema y ese es el reclamo del que seguramente no reculará Trump, porque además fue una de sus promesas centrales de campaña.
Ciertamente, no es solo ahora la narcoguerra que mantiene al centro y sur de Sinaloa bajo una tensión permanente, y que exhibe a un gobierno indeciso entre los abrazos y no balazos y entre combatir a fondo a los cárteles, sino que deberá enfrentar, a partir del 20 de enero, las nuevas condiciones que impondrá el gobierno de Trump.
En tanto en Sinaloa la guerra sigue, y hasta ahora no hay poder humano que la pare. ¿Tiene Omar García Harfuch, el supersecretario de seguridad en el país, un diagnóstico real del poderío de los cárteles y sus nexos con algunos gobernantes y algunos «empresarios»? Si lo tiene y no actúa entonces la guerra no tendrá fin en el corto plazo, pero, igual, presionado por el factor Trump y por las posibles comprometedoras declaraciones de Ismael «El Mayo» Zambada, Batman Harfuch podría optar por una operación enjambre para calmar las aguas, tanto del imperio como de los propios cárteles, y de la sociedad harta ya de tanta violencia y pasividad desde el gobierno. Sería una jugada de tres bandas. ¿Se atreverá la Presidenta Sheinbaum? O prefiere seguirle de punta, apostándole al manto protector y desafiando así a un Donald Trump radical, ganoso de estrenar su espada de Damocles en el cuello de muestro país. Ser o no ser. Ya veremos.

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