CHISPAZO. Felipe Guerrero Bojórquez

CHISPAZO. Felipe Guerrero Bojórquez



CHISPAZO. Felipe Guerrero Bojórquez
«PATRIA, FAMILIA Y LIBERTAD», LA APUESTA FASCISTA DEL «NUEVO» PAN

El Partido Acción Nacional anunció pomposamente su relanzamiento, pero lo único que hizo fue mirarse en el espejo de las derechas más reaccionarias del planeta, para reivindicar su lema reciclado: “Patria, familia y libertad.”

Nada nuevo. Mussolini en Italia predicó “Dios, patria y familia”; más recientemente Milei en Argentina cambió el orden a “Libertad, familia y patria”; Bolsonaro en Brasil cerró el círculo con “Dios, patria, familia y libertad.”
El PAN, fiel a su instinto imitador, cree que con ese rezo de marketing grotesco puede regresar a sus desperdiciados tiempos cuando ejerció el poder, mismo que perdió y enterró, sin autocrítica hasta hoy, bajo los escombros de su propia corrupción.

El relanzamiento que presume Jorge Romero, líder nacional de ese partido, entre luces, videos y bendiciones clericales, no es ni siquiera una renovación, sino la reedición de un dogma con oropel futurista: Un intento de esconder el vacío político bajo los símbolos sagrados de la ultraderecha: patria, cruz y familia tradicional.

Los analistas coinciden: no entienden que no entienden. Y lo han demostrado una y otra vez.
El PAN quiere hacer creer que es víctima del populismo autoritario, cuando fue su partero.
Durante doce años de gobiernos blanquiazules, el país experimentó la alternancia sin transformación.
Fox convirtió la Presidencia en show y ni siquiera hoy la “Casa de los Famosos” lo ha podido superar; Calderón optó por una guerra que lo llevó a la frivolidad de enfundarse el uniforme de Comandante, mientras García Luna hacía de las suyas.
Y hoy, ante el colapso moral de su herencia, el PAN elige refugiarse en la ideología rancia de la ultraderecha, no en la reflexión democrática que demanda el país.

El analista Carlos Puig lo retrata con precisión quirúrgica: el nuevo PAN ha borrado la palabra ‘democracia’ de su vocabulario. El partido que alguna vez representó la lucha cívica se ha vuelto una congregación que predica sin pedir perdón.

Cierto: Ni un gramo de autocrítica, ni un gesto de humildad ante los errores que lo hundieron. Prefieren escabullirse por entre el discurso del fascismo, apelando a la santísima trinidad. Es que los seduce la idea de lo que ocurre en otras latitudes, donde la neurosis de la ultraderecha ha contagiado ciudadanos. Y causado estragos. No les satisface con lo que hicieron cuando tuvieron la oportunidad de estar al frente del país. Y lo más grave: confunden el arrepentimiento con debilidad, cuando su fundador más lúcido, Carlos Castillo Peraza, advirtió hace tres décadas que sin contrición solo queda remover estiércol. Dicho en términos más claros: La incapacidad para perdonar los ha llevado irremediablemente a seguir removiendo la misma mierda. Nunca escucharon al brillante ideólogo; más bien nunca lo entendieron, y quien sabe si las nuevas generaciones de panistas conozcan su obra y su aportación a la democracia de este país.

Jesús Silva-Herzog Márquez completa la radiografía: el PAN ha renunciado al centro. Ya no es oposición democrática sino milicia cultural. Su relanzamiento fue una ceremonia religiosa y digital: fantasmas bendecidos, enemigos espectrales, y una inteligencia artificial que convierte la política en videojuego moral. No hay ideas, sólo guerra simbólica. No hay programa, sólo demonios a los que hay que eliminar a nombre de la fe. Precisa y brillante, ilustrativa, la reflexión del Maestro Silva-Herzog.

Al PAN se le acabó el centro y prefirió abandonar a muchos de sus militantes que aún creen en la transformación democrática del país. Se resbaló hacia la derecha radical para idolatrar la fe, el orden y el mercado y para de plano despreciar los derechos, la igualdad y la memoria. Sus líderes prefieren fingir que no han fracasado, que la corrupción no los define y que los mexicanos olvidarán los costos de su soberbia. Buscan redimir sus culpas con oraciones, convertir la sede de un partido en parroquia y utilizar la tribuna como púlpito.
A eso le apuesta el «nuevo» PAN: A la idolatría a través de la fe, al orden y al mercado; no a la igualdad y a los derechos; si a maquillar la memoria con relanzamientos cosméticos.
A la ideología radical le encanta confundir la libertad con la intolerancia y a la familia con el dogma. Prefieren su oración como instrumento, antes que la reflexión; apelan a la consigna antes que al proyecto y su nostalgia por el pasado les impide ver hacia el porvenir.
Ese es el «nuevo» PAN de Jorge Romero. No quieran ver otro.

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