
CHISPAZO. Felipe Guerrero Bojórquez
NO SON HECHOS AISLADOS, ES EL EDIFICIO QUE SE AGRIETA.
El ataque a balazos a los diputados de Movimiento Ciudadano Sergio Torres y Elizabeth Montoya; el secuestro de 10 mineros en la sierra de Concordia y el hallazgo de 10 narco campamentos durante su búsqueda; la denuncia pública, no reconocida por la Fiscalía de Sinaloa, de la desaparición de ocho personas en Copala, pueblo minero de ese municipio; la cabecera municipal de Escuinapa, y sus alrededores, bombardeada desde el aire por artefactos lanzados desde drones; el levantón de seis personas en plena Zona Dorada de Mazatlán y la interpretación mediática de lo dicho por el gobernador, Rubén Rocha, de que «no sabía nada de Sinaloa, menos de Tequila».
Y en el ambiente nacional la reciente masacre de 11 personas en un estadio de futbol en Salamanca; La escandalosa fiesta de disfraz, al estilo «Grand Gatsby», de la Secretaria de Bienestar de Puebla, la morenista Natalia Suárez del Real; la indignante y miserable imagen del Ministro Presidente de la Suprema Corte, Hugo Aguilar, en donde dos colaboradores, en plena calle, le limpian los zapatos; una balacera en pleno centro de Monterrey donde resultan heridas siete personas; la rebelión de los propios diputados morenistas en Campeche contra el régimen de terror de Layda Sansores y la detención del alcalde de Tequila, Diego Rivera, de Morena, acusado de extorsión, de pertenecer al Cártel Jalisco Nueva Generación y de cometer chilares y tomatares contra la propia población de ese municipio.
Todo esto no son casos aislados. Son hechos que responden a un patrón, a una estructura operativa del crimen y del comportamiento desviado de quienes representan al Estado.
Desde luego, los hechos señalados y que solo corresponden a los últimos días, ofrecen un ambiente de locura nacional y, en el caso de Sinaloa, una clara percepción de ingobernabilidad, a pesar de los miles de soldados desplegados por todo el estado, principalmente en Mazatlán y el Sur de Sinaloa.
Y mientras tanto la Presidente Claudia Sheinbaum, en una clara alusión a la política internacional de Donald Trump y sus presiones al régimen, dijo que
«México no se arrodilla, no se rinde, no se vende y no se somete» porque es una nación libre e independiente que no aceptará injerencias, subordinación o «protectorados» de ningún gobierno extranjero.
No hay duda, el posicionamiento fortalece la narrativa soberana hacia el exterior, pero abre una interrogante inevitable hacia el interior: ¿habrá la misma firmeza para desmontar redes de complicidad y captura institucional dentro del país?
Pero además, el posicionamiento es un desafío al imperio en el marco de una idea ya muy fija en el ámbito mundial, en el sentido de que este país está gobernado por el crimen organizado y sus socios: los narco políticos. Y este ha sido el argumento sólido de Trump que justifica su amenaza de la intervención más abierta porque, de un modo u otro, hay señales claras de que ya están adentro a pesar del discurso patriotero oficial.
Ayer justamente, circuló difusamente un artículo de opinión publicado por The New York Time donde su autora, Mary Beth Sheridan, afirma «que el problema no es simplemente que los grupos del narcotráfico ataquen al Estado. Es que con frecuencia forman parte de él». Sheimbaun, dice la autora, no solo enfrenta a los cárteles del narcotráfico, sino a una red de colusión política que, de ser confrontada a fondo, podría poner en riesgo su propia coalición de gobierno.
Por todos lados, al régimen de Claudia Sheinbaum le brotan hechos generados por una estructura corrosiva que heredó y que pone en jaque no solo la credibilidad del gobierno, sino que, poco a poco, se van consolidando circunstancias y condiciones de una crisis que ya emergió, la que requiere reacciones de fondo para empezar a atajarla. Es que llegó el momento de las definiciones; la hora en que la mandataria debe decidir si es ella la que gobierna este país o Andrés Manuel López Obrador; el tiempo de sacudirse la herencia maldita y empezar ajustar cuentas con quienes construyeron un modelo que nunca alcanzó la maduración, sino la corrosión en muy corto tiempo.
O la Presidente se aferra a defender a un modelo que le ha hecho más mal que bien al país y profundiza la crisis, o se atreve a redefinir un nuevo proyecto en la que la paz y la seguridad sean el eje central para recuperar el desarrollo nacional. Y para ello, debe empezar a limpiar una casa que ya estaba sucia, pero que se la heredaron peor…Y ahí está la prueba, no hay día que no brote pus por entre las grietas de un edificio que, tarde que temprano, sino se apuntala a tiempo, habrá de derrumbarse. No es alarmismo ni exageración. Ya lo estamos viendo y padeciendo. No es discurso, son los hechos que se expresan a gritos para mal de todos. “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Mateo 13:9.

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