Dos grapas de coca


Supongo que así como Franz Boas afirmó que los inuit tienen distintas palabras para distinguir la nieve sobre el suelo, la nieve cayendo y la nieve a la deriva; así supongo que donde otras sociedades (cuyas dinámicas no están centradas en la atrocidad como la nuestra) ven sólo violencia, secuestros y asesinatos, nosotros podemos nombrarlos en sus especificidades: narcoasesinatos, ejecutados, levantados, encobijados, etc. Supongo que un disparo es un disparo. Y así como en Hawaii nombran con la misma palabra al hielo y a la nieve –pues qué diferencia podría haber entre lo que es inusual–, nosotros contamos con un amplio catálogo de sinónimos y neologismos para “homicidio”.

Y eso tiene que ver con lo común de los fenómenos. ¿Pueden pensar, por ejemplo, en un sinónimo de “hielo”? Cuesta trabajo, ¿no? Sin embargo, pensar en un sinónimo funcional de “asesinato” es relativamente sencillo. Desde el inicio de la guerra contra el narco declarada por Felipe Calderón, el periodismo y la sociedad en general hemos tenido que recurrir a lo específico de la violencia para crear nuevas palabras que nos salven de la repetición.

Y ese ejercicio funciona como un catalizador del efecto de la violencia: la suaviza mediante la asimilación y la atenuación de lo que implica una muerte violenta: el duelo ajeno, sí, pero también el abaratamiento de la vida. Edgar (39), quien se encargó de desaparecer los cuerpos de Yair (12) y Efraín (14) –los niños mazahuas asesinados y descuartizados en la Ciudad de México– cobró dos grapas de cocaína por hacer el trabajo.  Dos grapas de cocaína. Estamos ante el escenario en el que prácticamente cualquiera podrá pagar por la muerte de alguien. Si eso no es terrible, no sé qué lo sea.

@eljalf



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