
Festival por la Paz… ¿o por el Silencio?
Me han invitado, como medio de comunicación, a un festival musical por la paz.
Y he aceptado —pero con una condición innegociable—: que no se pretenda maquillar con guitarras y aplausos la ineptitud de un gobierno incapaz de garantizar justicia a las víctimas de la violencia.
Que quede claro.
Que quede claro también que esta participación no debe ser una respuesta servil ante la indignación de nuestros vecinos de Durango, quienes —con justa razón— advierten a sus jóvenes sobre el riesgo de visitar una ciudad considerada peligrosa como Mazatlán.
Y eso nos lo ganamos a pulso: por tolerar el miedo, por callar frente a quienes nos hacen daño, por no exigirle al Estado lo elemental: paz y seguridad.
Históricamente, la música ha sido un lenguaje de resistencia; ha servido para gritar sin violencia, para unir sin consignas partidistas, para sanar desde el arte lo que la autoridad destruye desde la omisión.
Por eso, este festival no puede ni debe convertirse en una pachanga, ni en una tarima de frivolidad donde se aplaudan letras que celebran la violencia, el machismo o la degradación.
Los organizadores tienen la obligación moral —y política— de aclarar el sentido de su convocatoria.
La sociedad tiene derecho a saber qué tipo de contenidos se entonarán en nombre de la paz.
¿Serán himnos de esperanza y dignidad o rimas que glorifican lo contrario?
Las redes sociales ya hierven de críticas.
Muchos sospechan que este festival busca mediatizar la inconformidad ciudadana y lavar la imagen de quienes deberían estar garantizando seguridad, no organizando conciertos.
Y tienen razón en dudar: en Sinaloa, la paz no se decreta con micrófonos ni se improvisa con guitarras desafinadas por la corrupción.
La verdadera paz nace del cumplimiento del deber constitucional: proteger la vida, asegurar la justicia, devolverle a Mazatlán —y a Culiacán— el derecho elemental de vivir sin miedo.
Si de verdad se busca la paz, que se vaya de blanco, con velas y con letras que hablen de amor, solidaridad y raíz histórico.
No con canciones vacías que insulten la inteligencia colectiva o que promuevan la violencia de género.
Porque si el contenido no honra el propósito, el festival se convertirá en su opuesto: una farsa que pretende silenciar la exigencia legítima de justicia.
Mazatlán merece un canto que no disimule el miedo, sino que lo enfrente.
Y si eso incomoda a los poderosos, mejor todavía: porque la paz verdadera no se negocia ni se canta por encargo.
Eso es la neta.

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