Llega una edad en que la memoria es como las graciosadas de los engendros en público. Cuando uno quiere hacer gala de ellas para presumir a la concurrencia, los chavalitos salen con su batea de babas y se niegan a ser parte del show. Ahora me ocurre algo así.
En algún libro leí la frase con la que pensaba abrir la columna de hoy y seguramente cuando ya no sea necesario la recordaré íntegramente, así como el nombre del texto y hasta la vida y obra del autor. Pero por ahora vale para dos cosas no acordarse. En fin, la mentada idea sostiene que un lugar común no deja de ser una verdad, aunque resulte gastada.
Una de ellas, usada hasta el hartazgo, es la que lleva a pensar en la realización de hombres y mujeres a partir de tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro. Nomás por joder, a la usanza de Efraín Huerta, quien decidió en uno de sus poemínimos resucitar de entre los muertos, estoy pensando seriamente en tener un árbol, sembrar un libro y escribir un hijo.
Llevo varios meses dándole vueltas a una idea literaria que me permita erigirme como todo un hombre hecho y derecho, eso mientras me ejercito en las artes arbolezcas y entreno con enjundia en pos de la paternidad. La idea en cuestión tiene un nombre tentativo: “Ella usó mi cabeza como un revólver”, basada naturalmente en la canción de Soda Stereo y en hechos biográficos más o menos reales. Y aunque apenas va el título de la novela y la idea central, disfruto pensando en las peripecias que como buena historia satírica habría de tener.
Me anima aquella obra de José Luis Herrera, “Danza rota”, a partir de la canción del trío argentino, y sobre todo las novelas “La mujer que tenía los pies feos”, de Jordi Soler, y “Diablo guardián”, de Xavier Velasco. Y aunque lo mío, lo mío siempre ha sido ensayar las ideas cortas en mis columnas, concibo la labor novelística como un asunto peliagudo en el que convergen el estilo, la estructura y algo más que, como diría Sabina respecto a la canción, nadie sabe lo que es, pero es lo único que cuenta.
Traigo el tema entre ceja y ceja luego de una primera vez a la que me estoy acercando. Daniela Arce es una chicuela novelista en ciernes que acaba de publicar su primera obra en forma y ha tenido a bien invitarme a que sea el presentador de la misma, cosa inédita en mi existencia. A Dani la conocí en la universidad, ella tomaba una clase de literatura que este fulano que escribe impartía con más entusiasmo que noción de las consecuencias que acarrearía.
Entre lecturas del boom latinoamericano se desarrolló el curso, descubriendo casi diez años después uno de los grandes sentidos de la labor docente. La Universidad del Valle de México, alma mater de aquella aventura, tiene como lema Por siempre responsable de lo que se ha cultivado. La lección del debut literario, de Dani y de su profe, son prueba fiel de ello