Pipirín para el alma


Hay una expresión en inglés que alude al clima por el que hemos estado transitando últimamente en el valle de lágrimas tolucense: P.F.C. Se trata de las siglas de “Pretty fucking cold”, cuyo poder definitorio resulta implacable. Ignoro si es el paso de los años, pero cada invierno siento calar más hondo el frijolito por más que se insista en la perorata del calentamiento global.

Cuando he estado en otras ciudades del país con clima más benévolo, es decir, cualquier otra, y se me pregunta de dónde soy, la respuesta suele provocar el mismo rictus de angustia. “¡No, pues ahí sí que hace frío!”, me dicen. De que hace, hace, pienso mientras compruebo que el que no conoce a Dios ante cualquier santo se hinca.

Con la idea de combatir los influjos del clima (y también del transcurso del tiempo) he acudido a la sabiduría de las mamases, quienes sostienen que uno de los remedios más efectivos para aplacar las bajas temperaturas son las bebidas calientes, en especial si están en platos. Nada como un buen potaje, caldo, sopa o preparación donde abunden las calorías gracias a los jugos ardientes de proteínas y hortalizas.

Se trata de una comida reconfortante y no exagero que lo es incluso para el corazón. Quizá por ello los ejemplos abundan en las distintas culturas del mundo. Pienso (y me antojo en el proceso) en un estofado como Res a la borgoñesa (con verduras y salsa de tomate en vino tinto), herencia de la Francia popular; o el Gumbo, orgullo del sur de Estados Unidos, una sopa de mariscos, salchicha condimentada, ocra, arroz y un caldo espeso que alegra la panza. Y qué decir del mondongo centroamericano o su variante sin verduras, la panza de res, cuyo peso específico en la cultura de la cruda mexicana es insustituible. Y eso nos lleva sin chistar al pozole, que más allá de sus reminiscencias prehispánicas es todo un portento de plato del buen comer al incluir todos los tipos de alimentos recomendados por la nutrición.

O desde la iberia sumergida en un cuenco de barro con el caldo gallego, la fabada asturiana, los callos a la andaluza o el cocido madrileño. Y sin dejar de lado la cultura del ramen y ese misticismo oriental alrededor de la preparación de fideos con caldo de miso, cerdo o pollo. En todos los casos se puede acudir al encuentro de un arquetipo culinario en el que se gesta la vida de un plato transformando los alimentos en sus jugos, como diría Juan Luis Suárez Granda en “Las cucharas de la tribu”.

Y cuyo contacto con el paladar y desde su preparación implica la olla y la cuchara (que es al mismo tiempo extensión y expresión reducida de la cacerola). Y también uno de los recuerdos más antiguos de cuando el ser humano comenzó a pensar la cocina como prueba de su proceso evolutivo. Quizá por eso sea tan agradable su ingesta, porque nos remite a la rica historia con la que nos definimos y también nos calentamos.



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