La ciencia detrás de ‘Tenet’, la película de Christopher Nolan

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La nueva película de Christopher Nolan hace referencia al tiempo y la posibilidad de invertir su flujo. Yendo del futuro al pasado una y otra vez logra montar un drama de espionaje internacional en el que los norteamericanos buenos acabarán por salvar al planeta que, nuevamente, es amenazado por los rusos malos.

Andrei Sator, un perverso como algunos de los que ya hemos tenido noticia gracias a James Bond, pretende hacerse de un algoritmo que, fragmentado en nueve partes ocultas en diferentes épocas, es necesario buscar aquí y allá. O mejor dicho: ahora y en otro tiempo. Una vez reunido, el algoritmo será aplicado al mundo entero para destruir de una vez por todas nuestro miserable pasado.

Al fin y al cabo, Sator no tiene esperanzas de seguir viviendo, aquejado por una enfermedad fatal morirá en el momento crucial. Curiosamente, el algoritmo no puede hacer nada para detener el desarrollo de su padecimiento, pero no vamos a ser tan críticos con estas pequeñas incongruencias, sólo nos dejaremos llevar. Seguiremos la recomendación de la científica en la historia: “no intentes entenderla, sólo siéntela”.

Aunque en la película se cita a la mecánica cuántica y se habla de partículas elementales, en realidad la argumentación ignora lo que la física moderna tiene que decirnos sobre el tiempo y acude a la más clásica idea en que el tiempo adquiere una dirección preferencial.

Christopher Nolan decidió que basta con reducir la entropía para que el tiempo transcurra en la dirección contraria a como lo percibimos normalmente y podemos aceptar esa libertad cinematográfica. Nolan no llegó a entender la segunda ley de la termodinámica, pero eso no importa.

La entropía es una medida del número de arreglos que un sistema con muchas partículas puede adquirir para darnos el mismo estado macroscópico. Así, por ejemplo, un centímetro cúbico de aire a la temperatura ambiente es el mismo si nos adentramos en su volumen, llegamos hasta las moléculas que lo forman e intercambiamos de posición a dos de ellas. Los dos arreglos moleculares: uno antes y el otro después de intercambiar dos de sus componentes microscópicos, siguen dando el mismo centímetro cúbico de aire a la misma temperatura. 

Existen muchos arreglos microscópicos que pueden darnos el mismo centímetro cúbico de aire a la temperatura ambiente. Siendo idénticas las moléculas que lo componen, da lo mismo si una es intercambiada por la otra. Un centímetro cúbico de aire a veinticinco Celsius tiene muchas maneras de ser lo mismo y cuantos más arreglos posibles existan, mayor será la entropía del sistema.

Un centímetro cúbico de aire está formado por un billón de átomos. Cuando es liberado desde un acomodo determinado para que se disperse, el arreglo tiene muchas opciones, por lo que hacer que vuelva a su estado inicial es prácticamente imposible. Nolan lo logra, y así Elizabeth Debicki, vestida de rojo en un Audi Q7 negro, viaja al pasado a doscientos kilómetros por hora en una autopista de Estonia.

Como en todas sus películas, las encrucijadas que construye Nolan ponen sobre la mesa algunos temas para reflexionar: ¿Es moralmente válido ir atrás en el tiempo y desaparecer a las generaciones que nos precedieron y contaminaron el planeta, para tener así un medio ambiente más limpio en el futuro? Es una idea controversial para la que Christopher Nolan tiene una respuesta clara: sólo los rusos pueden querer algo tan perverso como la destrucción del pasado.

La postura que cada uno de nosotros adoptemos ante la posibilidad de modificar nuestro pasado dependerá de la visión natural que hemos adquirido. Un Universo determinista en el que todo esté definido desde el comienzo no nos permitiría borrar el pasado porque ahí estamos nosotros mismos. Destruir el pasado es destruirnos.

Por otro lado, una visión en que el libre albedrío tiene cabida podría ser más libre, pero la destrucción del pasado es un cambio al estado de las cosas y es por eso que Nolan, siempre conservador, prefiere achacar a los malos esa concepción inmoral.

Por lo demás no deja de ser divertido ver los resbalones de un director que se precia de perfeccionista. En una entrevista, Nolan reveló que la escena en que el avión choca con el edificio no fue hecha en maqueta ni fue simulada en una computadora. El director recibió el financiamiento necesario para comprar un avión y filmar el momento en que este choca en el aeropuerto. Sin embargo, una explosión prematura a un costado de la construcción echa todo por tierra. Es uno de los momentos en que el espectador sale de la película porque algo raro pasa. Una explosión cuando el avión aún no hace contacto es un fracaso en lugar de un logro.

Tenet es la película en cartelera con la que iniciamos la nueva normalidad. No intente entenderla, sólo siéntala.

AQ | ÁSS



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